Stefan bajó las escaleras de la mansión con las maletas en la mano. El peso físico del equipaje era insignificante comparado con la losa de granito que cargaba en el pecho. Las metió en el maletero del auto mientras sus amigos, Thomas y Liam, observaban con expresiones que oscilaban entre el apoyo incondicional y la preocupación extrema.
—¿Listo? —preguntó Thomas desde el asiento del conductor, aunque su tono sugería que conocía la respuesta: nadie estaba listo para el exilio.
—No —admitió Stefan, deslizándose en el asiento trasero y sintiendo el cuero frío contra su espalda—. Pero supongo que eso ya no importa.
Liam se giró desde el asiento del copiloto, estudiando su rostro con ojos analíticos. —Stefan, sé que esto se siente como el fin del mundo. Pero puede ser un comienzo. Tokio es... diferente. Puede ser exactamente lo que necesitas para limpiar tu cabeza.
—O puede ser un año desperdiciado mientras todo lo que me importa se destruye aquí —respondió Stefan, mirando por la ventana t