Stefan bajó las escaleras de la mansión con las maletas en la mano. El peso físico del equipaje era insignificante comparado con la losa de granito que cargaba en el pecho. Las metió en el maletero del auto mientras sus amigos, Thomas y Liam, observaban con expresiones que oscilaban entre el apoyo incondicional y la preocupación extrema.
—¿Listo? —preguntó Thomas desde el asiento del conductor, aunque su tono sugería que conocía la respuesta: nadie estaba listo para el exilio.
—No —admitió Stefa