La segunda semana de mayo, Manhattan ya era otra ciudad.
Los árboles de Central Park estaban completamente en hoja, las terrazas tenían instalado su ritmo de mediodía y el calor, cortés, ya era definitivo: esa clase de primavera que no avisa cuándo se convierte en verano y solo se reconoce cuando ya ha ocurrido.
Luciana y Ethan empezaron a construir lo cotidiano.
No con ceremonias. Con los gestos pequeños que son los únicos que cuentan: el café preparado antes de que el otro despertara, unas ll