La oficina de Stefan en la planta 50 de la Torre Hansei ya no parecía una zona de guerra. No había cristales rotos en el suelo, ni sillas volcadas, ni botellas de licor destrozadas contra las paredes.
El caos había desaparecido. En su lugar, reinaba un orden clínico.
Los documentos sobre el escritorio de ébano estaban alineados con precisión milimétrica. Las pantallas de los ordenadores emitían un zumbido bajo y constante, mostrando gráficas de mercado en tiempo real. La temperatura de la habitación estaba regulada a dieciocho grados exactos, un frío artificial que mantenía la mente alerta y las emociones congeladas.
Stefan estaba sentado en su silla de cuero, de espaldas a la puerta, mirando hacia la ciudad. Seúl se extendía ante él como una placa base de ordenador infinita, un laberinto de luces blancas y rojas que parpadeaban con indiferencia.
Ya no bebía. El vaso de whisky había sido reemplazado por agua mineral con hielo. Ya no gritaba. Su voz se había reducido a un susurro monót