La oficina de Stefan en la planta 50 de la Torre Hansei ya no parecía una zona de guerra. No había cristales rotos en el suelo, ni sillas volcadas, ni botellas de licor destrozadas contra las paredes.
El caos había desaparecido. En su lugar, reinaba un orden clínico.
Los documentos sobre el escritorio de ébano estaban alineados con precisión milimétrica. Las pantallas de los ordenadores emitían un zumbido bajo y constante, mostrando gráficas de mercado en tiempo real. La temperatura de la habi