El estacionamiento de Target en Queens no tenía servicio de valet, ni alfombra roja, ni porteros con guantes blancos. Tenía asfalto agrietado, carritos de compras abandonados y el caos vibrante de un sábado por la tarde en vísperas de Navidad.
Luciana Sterling bajó del auto de Ethan —un Jeep de cinco años que necesitaba un lavado— y miró el enorme letrero rojo como si fuera la entrada a un planeta alienígena. Llevaba sus botas de cuero italiano y el abrigo camel de tres mil dólares, un contraste tan violento con el entorno que varias personas se giraron para mirarla.
Pero esta vez, las miradas no eran de admiración o envidia corporativa. Eran de curiosidad.
—Bienvenida a la civilización, princesa —dijo Ethan, cerrando la puerta del auto y rodeándola con el brazo para protegerla del viento helado—. ¿Lista para tu primera expedición al mundo real?
Luciana sonrió, ajustándose las gafas oscuras. Se sentía extrañamente emocionada.
—He estado en tiendas antes, Ethan.
—No. Has estado en show