El estacionamiento de Target en Queens no tenía servicio de valet, ni alfombra roja, ni porteros con guantes blancos. Tenía asfalto agrietado, carritos de compras abandonados y el caos vibrante de un sábado por la tarde en vísperas de Navidad.
Luciana Sterling bajó del auto de Ethan —un Jeep de cinco años que necesitaba un lavado— y miró el enorme letrero rojo como si fuera la entrada a un planeta alienígena. Llevaba sus botas de cuero italiano y el abrigo camel de tres mil dólares, un contraste