El teléfono de Luciana seguía vibrando con insistencia implacable contra el piso de madera, el sonido raspando el silencio perfecto de la madrugada.
Luciana gruñó, enterrando su rostro más profundamente en el pecho cálido de Ethan, tratando de ignorar la intrusión del mundo exterior. Sus piernas seguían entrelazadas con las de Ethan. La marca roja de sus dedos aún ardía en su cadera. El aire olía a sexo y sudor dulce.
—Ignóralo. —Ethan murmuró contra su cabello, su voz ronca de sueño—. Sea quien