La luz del sol atravesó las pesadas cortinas de la mansión Sterling como una lanza, pero esta vez no quemaba. Luciana abrió los ojos y, por primera vez en cuatro días de infierno, el techo dejó de girar. La fiebre se había retirado como un ejército derrotado, dejando tras de sí no paz, sino una claridad mental tan afilada que cortaba.
Se incorporó en la cama. Sus músculos gritaron, rígidos por el encierro y la debilidad, pero era un dolor bienvenido. Era el dolor de estar viva. Sin embargo, al p