Seúl no amanecía; simplemente se encendía.
A las 6:00 AM, la luz gris del invierno coreano apenas lograba penetrar los ventanales blindados del penthouse de Stefan Vanderbilt. El aire acondicionado mantenía la habitación en una temperatura gélida, perfecta para conservar la mente afilada y el corazón congelado.
Stefan no estaba durmiendo. Llevaba horas mirando el techo, contando los segundos, sintiendo cómo la distancia física de once mil kilómetros se convertía en una presión física sobre su pecho.
El teléfono sobre la mesita de noche zumbó.
No fue una llamada. Fue una vibración corta, seca. Una notificación prioritaria.
Stefan giró la cabeza. La pantalla iluminada mostraba un solo nombre: Marcus Fox.
Su pulgar se movió antes de que su cerebro procesara la acción. Desbloqueó el teléfono. El brillo de la pantalla le hirió los ojos, pero la adrenalina que inundó su sistema fue instantánea, una inyección de dopamina oscura que lo despertó más rápido que cualquier café.
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