Seúl no amanecía; simplemente se encendía.
A las 6:00 AM, la luz gris del invierno coreano apenas lograba penetrar los ventanales blindados del penthouse de Stefan Vanderbilt. El aire acondicionado mantenía la habitación en una temperatura gélida, perfecta para conservar la mente afilada y el corazón congelado.
Stefan no estaba durmiendo. Llevaba horas mirando el techo, contando los segundos, sintiendo cómo la distancia física de once mil kilómetros se convertía en una presión física sobre su p