El pequeño árbol de Navidad que habían comprado en Target brillaba en la esquina como un testigo silencioso de lo que habían construido juntos.
Normalidad. Calidez. Hogar.
Luciana salió del dormitorio sintiendo el frío del suelo de madera bajo sus pies.
Llevaba puesta la camiseta de Ethan que se había convertido en su segunda piel.
—Buenos días —murmuró, acercándose con una sonrisa perezosa.
Pero la sonrisa se desvaneció al instante.
Ethan estaba de espaldas, apoyado contra la encimera, sus hombros anchos y desnudos tensos.
Llevaba solo los pantalones de pijama de franela, revelando la curva deliciosa de su espalda, los músculos marcados bajo la piel bronceada.
Pero no era la vista lo que la alarmó.
Era la rigidez de su postura.
Algo estaba mal.
Terriblemente mal.
—Ethan...
Luciana estiró la mano, rozando con la yema de los dedos la piel caliente de su espalda.
Él se giró.
Sus ojos celestes estaban oscuros, tormentosos, evitando los suyos.
Escondía algo detrás de su espalda.
—¿Qué pasa