El café era el escenario perfecto para una conspiración: discreto, con cortinas de encaje que difuminaban los rostros desde el exterior y una clientela absorta en sus laptops que utilizaba auriculares como escudos contra el mundo. Luciana se sentía como una extraña en su propia piel mientras esperaba. Había pedido un americano que no pensaba probar; solo necesitaba que sus manos tuvieran algo a lo que aferrarse para no delatar su temblor.
Eligió una mesa en la esquina trasera, con la espalda pro