La oficina de Stefan Vanderbilt en la Torre Hansei era un monumento al minimalismo y al control. Pero el aire dentro de ella vibraba con una violencia contenida.
Stefan miraba la pantalla de su ordenador. El informe de la Autoridad Portuaria de Busan parpadeaba con un mensaje en verde neón que le quemaba las retinas: LIBERADO.
—¿Cómo? —susurró, su voz tan baja que su asistente, parado junto a la puerta, tembló.
—Señor Vanderbilt, parece que hubo una intervención diplomática —explicó el asistente con nerviosismo—. El Consulado de Estados Unidos emitió un certificado de "Suministro Esencial Estratégico" a las 4:00 AM hora local. Eso anuló la jurisdicción de aduanas. El barco ya zarpó.
Stefan cerró los ojos y reclinó la cabeza hacia atrás.
No había sido Luciana. Luciana conocía de logística, de números y de barcos, pero no conocía los vacíos legales de los tratados internacionales con esa precisión quirúrgica. Ella habría intentado negociar, habría llamado a sus contactos en la naviera.