La oficina de Stefan Vanderbilt en la Torre Hansei era un monumento al minimalismo y al control. Pero el aire dentro de ella vibraba con una violencia contenida.
Stefan miraba la pantalla de su ordenador. El informe de la Autoridad Portuaria de Busan parpadeaba con un mensaje en verde neón que le quemaba las retinas: LIBERADO.
—¿Cómo? —susurró, su voz tan baja que su asistente, parado junto a la puerta, tembló.
—Señor Vanderbilt, parece que hubo una intervención diplomática —explicó el asistent