El comedor de mis padres siempre me había parecido demasiado grande para una familia tan pequeña. La mesa de caoba pulida, heredada de mi abuela, brillaba bajo la luz de la lámpara de cristal como si fuera el escenario de una obra de teatro donde todos interpretábamos roles asignados: la hija que regresa, el ex que busca redención, la nieta perfecta, los abuelos protectores.
Emma balanceaba sus piernas bajo la mesa mientras devoraba el pastel de chocolate que mi madre había preparado especialme