El lápiz de color rojo se deslizaba sobre el papel con la imprecisión propia de una niña de seis años. Emma, sentada en la alfombra de la sala, dibujaba con la lengua asomando entre sus labios, señal inequívoca de su concentración absoluta. Yo la observaba desde la cocina mientras preparaba la cena, encontrando en sus gestos pequeños destellos de Thomas: la manera en que fruncía el ceño, cómo inclinaba ligeramente la cabeza cuando algo le parecía especialmente importante.
—¿Qué dibujas, cariño?