Mis dedos se enterraron en las sábanas mientras mi cuerpo se arqueaba en éxtasis. Christian sostenía firmemente mis caderas, su ritmo impetuoso e implacable. El cuarto estaba sumergido en la penumbra, solo la luz de la ciudad entrando por las rendijas de la persiana, creando sombras danzantes en nuestros cuerpos entrelazados.
—Christian... —mi gemido salió como una súplica cuando intensificó sus movimientos, sus ojos nunca dejando los míos.
Había una urgencia en cada caricia, cada beso, cada e