—Vamos a necesitar ropa cómoda —dijo Christian, entrando a nuestro cuarto mientras yo terminaba de arreglarme para la cena. Sus ojos se iluminaron al notar el collar de amatistas en mi cuello—. Te gustó.
No era una pregunta, pero detecté un leve tono de inseguridad en su voz que parecía contradecir la imagen del manipulador confiado que Francesca había descrito.
—Es hermoso —respondí sinceramente, tocando el pequeño racimo de uvas—. Nunca tuve nada parecido.
—Te queda bien. —Se acercó, sus de