El silencio que siguió tenía una calidad especial, como si estuviéramos suspendidos en ese momento bajo las estrellas, sin pasado ni futuro. Solo nosotros dos y esa vulnerabilidad compartida. De todas las cosas que Christian ya me había mostrado —la villa, los viñedos, las bodegas centenarias— este lugar, este momento, parecía el más íntimo.
—¿Vienes aquí con frecuencia? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio.
—Siempre que puedo. —Aún miraba al cielo, pero sentí que su mente había vagado