La rutina se estableció más rápido de lo que esperaba. Las mañanas invariablemente comenzaban de la misma forma —yo despertando antes de la alarma, corriendo al baño con esa náusea persistente que se empeñaba en no pasar, lavándome la cara con agua helada y cepillándome los dientes con vigor extra para eliminar cualquier rastro del malestar.
Después venían las búsquedas de empleo, currículums enviados, entrevistas que terminaban con sonrisas educadas y promesas vacías de "nos pondremos en conta