Dante tomó el teléfono otra vez., luego de dejar a Ariadna sobre la cama, aun temblaba, pero estaba mas tranquila que cuando llegó.
Jamás podrá sacar esa imagen de su mente.
Marcó un número que tenía guardado desde hacía años.
La llamada sonó una vez.
Dos.
—No atiendo antes de las ocho —respondió una voz femenina, ronca, molesta, claramente recién despierta.
—Necesito que atiendas ahora —dijo Dante.
Hubo un segundo de silencio.
—Dante.
—Sí.
—¿Qué pasó?
Él se apoyó contra la mesa. El pulso era