Dante conducía el Porsche a una velocidad que desafiaba la muerte. Sus dedos tamborileaban en el volante, no por nervios, sino por una impaciencia que nunca había sentido. Había salido de la mansión hacía apenas una hora porque Akira lo había bombardeado con llamadas diciendo que era una emergencia de vida o muerte en la oficina. Al llegar, resultó ser una montaña de documentos: papeles que oficializaban a Ariadna en su nueva posición dentro del holding familiar y otros trámites legales que su