Ariadna se despertó envuelta en las sábanas de seda gris carbón, sintiendo el peso reconfortante del brazo de Dante sobre su cintura. La luz de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas entreabiertas, iluminando la habitación que, apenas unas horas antes, había sido testigo de una rendición absoluta. No había sido solo sexo; había sido una colisión de necesidades, un intento desesperado de Dante por sellar las grietas de su alma con el calor de su cuerpo.
Al intentar moverse, notó que e