Dante sentía que el pasillo del hospital se hacía cada vez más estrecho. Tenía la camisa pegada al cuerpo por la sangre de Ariadna y el olor a hierro le recordaba a cada segundo que ella se estaba vaciando en una camilla. Elena no dejaba de gritar, y sus palabras eran como latigazos.
Nathaniel, el obstetra que había estado siguiendo el embarazo de Ariadna, salió del área de urgencias con el rostro tenso. No traía buenas noticias.
—Dante, escucha —dijo Nathaniel, ignorando los sollozos de Elena—