El despacho del doctor Nathaniel Sterling no se parecía en nada a la fría sala de urgencias donde habían atendido a su padre semanas atrás. Aquella era una de las clínicas más exclusivas de la zona alta de Nueva York, un lugar diseñado para que las élites de la ciudad pudieran nacer, sanar o morir sin que un solo lente fotográfico cruzara el umbral. El doctor los había ubicado en una zona de acceso restringido, un búnker de lujo con paredes insonorizadas y luz tenue que invitaba a una calma que