Dante soltó a Ariadna apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarla a los ojos con una seriedad que le dio escalofríos. El silencio en el apartamento era tan denso que ella podía oír los latidos de su propio corazón martilleando contra sus costillas.
—Ariadna, no voy a dejar que esto pase de esta noche —dijo él, con una voz baja pero firme—. Tienes que venir conmigo a la clínica. Ahora mismo.
—Es una locura, Dante. Son casi las once de la noche —respondió ella, tratando de recuperar algo