La llegada a la mansión fue mucho más silenciosa de lo que Ariadna esperaba. El escándalo de la prensa y los flashes de la clínica parecían haber quedado atrapados en el bullicio de Manhattan, dejando la propiedad de los Volkov en una calma casi irreal. Dante detuvo el coche frente a la entrada principal y, por una vez, no intentó forzar una conversación. Se limitó a acompañarla hasta la puerta, manteniendo una distancia respetuosa que ella agradeció internamente.
—Ve a descansar —le dijo él co