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En cuanto Ariadna puso un pie en el vestíbulo de la mansión, el aire se volvió pesado, casi irrespirable. No hubo un recibimiento cálido ni un suspiro de alivio por verla a salvo. Dante estaba allí, esperándola como una fiera enjaulada en medio del salón principal. Seguía vestido con la misma ropa que llevaba en la oficina por la mañana: la camisa negra de seda y el pantalón de tela oscuro, pero ahora la imagen de perfección se había desmoronado. Tenía las mangas remangadas hasta los codos, rev
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