La mañana nació con una luz grisácea y sucia que se filtraba por las pesadas cortinas de la mansión, una calma hipócrita que no duraría ni diez minutos. Dante ya estaba en pie, moviéndose por la estancia con una energía contenida que amenazaba con hacer estallar las paredes. Llevaba una camisa blanca de hilo impecable, con los puños perfectamente abrochados, y pantalones negros de sastre que estilizaban su figura imponente. Su cabello estaba peinado hacia atrás con una precisión quirúrgica, ni