La cena en la mansión Volkov se había transformado en un campo de minas. El aire en el comedor era tan denso que costaba respirar. Ariadna regresó del jardín de la mano de Dante, sintiendo el calor de su palma contra la suya, un ancla en medio de la tormenta que se avecinaba. Al sentarse, Dante no la soltó de inmediato. Sus dedos se entrelazaron sobre el mantel blanco, un gesto de posesión que no pasó desapercibido para los ojos grises y analíticos de Akira.
El timbre de la casa resonó con una