Ariadna terminó de vestirse en silencio. El espejo le devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía. Llevaba un vestido azul marino de seda, de corte impecable, que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Se calzó unas sandalias de tiras finas y se recogió el cabello en una coleta baja, dejando que algunos mechones enmarcaran su rostro pálido.
Sus labios seguían un poco hinchados. Era el rastro físico de lo que había sucedido en la biblioteca. Aquel encuentro entre libros y sombras l