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Ariadna estaba sola en aquella habitación de paredes blancas y lujos innecesarios. El silencio de París, que se colaba por los ventanales de la clínica, le resultaba ensordecedor. Usó el control de la cama para elevar el respaldo. Necesitaba estar sentada, pues el peso de sus siete meses de embarazo le dificultaba respirar cada vez que la angustia le apretaba el pecho. Amelia, su bebé, se movía de forma inquieta, como si percibiera que algo no andaba bien.

En ese momento, su teléfono vibró sobr
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