La llegada al hospital fue un caos de luces y voces en un idioma que Ariadna no lograba descifrar. El dolor seguía ahí, latente, como una garra apretando su vientre cada pocos minutos. Iván, con su presencia imponente, se encargó de abrirse paso. Aunque no hablaba francés, su inglés era lo suficientemente fluido para hacerse entender con el personal de urgencias.
En cuestión de segundos, subieron a Ariadna a una camilla. El frío de las sábanas blancas y el olor a desinfectante la hicieron senti