El penthouse de París se sentía como una jaula de cristal. El lujo, las vistas a la Torre Eiffel y la seguridad extrema no servían de nada cuando el aire adentro estaba contaminado por la duda. Ariadna entró caminando despacio, sintiendo todavía ese mareo residual de la clínica. Tenía la mano apoyada en la parte baja de su espalda, intentando calmar el dolor que no la abandonaba desde hacía días.
Dante no dejaba de moverse. Iba de la ventana al estudio, con el teléfono en la mano, dando órdenes