El domingo amaneció con un sol brillante que parecía burlarse de la resaca emocional de Ivy.
Llevaba horas despierta, mirando el techo, reviviendo una y otra vez los momentos del día anterior.
El beso, el baile, la forma en que Darien la había mirado como si ella fuera la única persona en el mundo.
Pero ahora era de día, y las cosas de día siempre se veían diferentes.
Se levantó, se puso una camiseta cómoda y unos vaqueros, y salió al pasillo.
El ático estaba en silencio. Demasiado silencio.