La madrugada envolvía Manhattan en un silencio denso, roto solo por el rumor lejano de algún taxi y el zumbido constante del aire acondicionado.
Eran las tres de la mañana y Ivy no podía dormir. Llevaba horas dando vueltas en la cama, reviviendo la tarde en el sofá, el peso de la cabeza de Darien en su hombro, la caricia furtiva de sus dedos en su pelo mientras él dormía.
Había algo en él, en la forma en que se había entregado al sueño confiando en ella, que le removía las entrañas.
No era so