La mañana siguiente, Ivy despertó en una cama que no era la suya, en una habitación que no conocía, y durante un segundo eterno no supo dónde estaba. Luego llegó la memoria: el ático, Darien, el contrato. Todo.Se incorporó lentamente, mirando a su alrededor. La luz del sol entraba a raudales por los ventanales, dibujando rectángulos dorados en el suelo de madera. Su ropa de ayer seguía en el suelo, donde la había dejado al caer rendida. Sus libros, en la estantería nueva, la miraban como viejos amigos.Se levantó, se puso una camiseta limpia y unos vaqueros, y salió al pasillo. El ático estaba en silencio. Las habitaciones parecían vacías, como si nadie viviera allí, pero entonces escuchó un sonido: el piano.Siguió la música hasta el salón. Darien estaba sentado al piano, de espaldas a ella, tocando una melodía suave que no había oído antes. Llevaba una camiseta gris y el pelo todavía revuelto de dormir, sin ese pulso perfecto que tenía cuando estaba de traje.Ivy se quedó en
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