El local se llamaba Blue Note. Era pequeño, rústico y estaba escondido en un sótano de Brooklyn, con una fachada desgastada que parecía la entrada a un taller mecánico. Estuve a punto de pasar de largo, pero entonces vi la puerta de madera entreabierta y escuché, ahogado y melancólico, el lamento de las notas de un piano.Bajé las escaleras de piedra con el corazón latiéndome a mil por hora. Y no era por el lugar oscuro. Era por él.Darien estaba sentado en una mesa al fondo, junto a una pared de ladrillo visto. Era la única mesa iluminada por una vela parpadeante dentro de un frasco de vidrio. Llevaba una chaqueta de cuero negro sobre una camiseta gris que se ceñía a sus hombros anchos, y el cabello oscuro le caía con un desorden irresistible sobre la frente. Cuando me vio entrar, sus ojos azules se encendieron con un brillo plateado.—Llegas tarde —dijo, pero una sonrisa lenta y seductora curvó sus labios.—Tú llegas temprano —respondí, sentándome frente a él para ocultar mis ne
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