Tres días pasaron desde aquella mañana en la cocina. Tres días en los que Ivy no volvió al ático.
Se quedó en el pequeño apartamento de Chloe, durmiendo en un sofá que se le clavaba en las costillas, alimentándose de pizza fría y lágrimas. Chloe no hizo preguntas.
Solo estuvo allí, con su presencia tranquila y su capacidad para saber cuándo hablar y cuándo callar.
Darien, por su parte, no llamó. No escribió. Nada.
Ivy alternaba entre la rabia y la tristeza, entre querer olvidarlo y desear que