La bestia era un torbellino de dientes y furia ciega. El espacio de la cabaña, que antes parecía enorme bajo el peso de la obsesión, se redujo a un estrecho campo de batalla. El mastín se lanzó primero hacia Mateo, el blanco más grande. Mateo levantó el brazo instintivamente, y el animal lo embistió con todo su peso, haciéndolo tambalear hacia atrás contra la pared cubierta de fotografías, que se rasgaron con un sonido de doloroso desgarro.
—¡Mateo! —gritó Luna, levantando su pistola, pero el p