El aire en la cabaña, ya denso por el olor a cera, papel viejo y colonia rancia, se volvió irrespirable con la presencia física de Javier. Su sombra, larga y deforme por la luz cruda de las bombillas, se proyectaba sobre el collage de obsesión que cubría las paredes. Luna y Mateo mantenían sus pistolas firmes, pero él no parecía verlas. Sostenía la fotografía de su infancia como un talismán, un ancla a un mundo que solo existía en su mente rota.
—¿Veis? —dijo, su voz un susurro ronco que se ele