La entrada a la mina era una boca oscura abierta en la ladera de la montaña, un corte irregular en la roca devorado por enredaderas y maleza. El letrero oxidado de “Mina La Desesperanza” colgaba torcido, un nombre que resonaba como un presagio en la mente de Mateo. Apagó el motor de su coche, estacionado a cien metros, y se adentró en la sombra. El aire se volvió frío y denso, cargado con el olor a tierra mojada, óxido y abandono.
—Has venido. Valiente, o estúpido. Quizás las dos cosas —la voz