El viejo Distrito Industrial de la Ciudad de Oro era el esqueleto oxidado de una era pasada. «La Aurora», una fábrica textil de tres pisos con ventanas ciegas y ladrillo ennegrecido por la contaminación, se alzaba como un mausoleo. El río cercano, que una vez alimentó sus máquinas, ahora arrastraba un olor dulzón a productos químicos viejos y descomposición. El lugar perfecto para que algo se pudriera en paz.
Luna, Mateo, DJ y Tomás se apostaron en un edificio abandonado frente a la fábrica, ob