La mesa del sótano era el altar de un psicópata. Los papeles, extendidos bajo la luz fría de las linternas, no dejaban espacio a la duda ni a la esperanza. Luna sentía que el aire, ya viciado y cargado de pólvora, se volvía irrespirable. Sus dedos temblaban sobre el mapa marcado.
—Dios mío —susurró Mateo, siguiendo con el dedo las líneas que conectaban los círculos rojos—. No es solo matarnos. Es borrarnos. Borrar todo rastro de que existimos, de que… de que intentamos hacer algo bueno.
—Primer