Mundo ficciónIniciar sesiónLa Casa de las Tradiciones no estaba en el mapa digital de Aldería. Se encontraba al final de un camino empedrado en las afueras del Distrito Sur, protegida por un muro bajo de piedra volcánica cubierta de musgo. Más que un edificio, parecía una extensión de la tierra: gruesos muros de adobe y piedra, un techo de teja roja desgastada por el tiempo y un jardín frontal donde los árboles de níspero y guayaba crecían salvajes y cargados de fruta. El aire olía a tierra húmeda y flores de azahar.
Luna llegó en autobús, con su mejor vestido, simple pero impecable. Mateo lo hizo en un sedán negro y discreto. Se encontraron frente al pesado portón de madera, sin saludarse, solo un breve y tenso asentimiento. El silencio entre ellos era tan sólido como los muros.
Al empujar la puerta, un chirrido solemne anunció su entrada. El interior era fresco, iluminado por velas y la luz filtrada por vitrales pequeños. Las paredes estaban forradas de estantes de madera oscura que llegaban al techo, repletos de legajos atados con cintas de cuero y cajas de metal numeradas. En el centro de la sala, un hombre anciano, el Guardián, los esperaba sentado tras una mesa de roble macizo. Sus manos, nudosas como raíces, descansaban sobre un libro de t***s de piel de oveja.
—Luna Valdez y Mateo Castellanos. Los hijos de la Alianza número mil veintitrés —dijo el hombre, su voz un susurro ronco que llenaba la estancia—. Los he estado esperando. Tomen asiento.
Se sentaron en dos sillas de respaldo recto, frente a él. Sobre la mesa, entre ellos, descansaba el contrato original, desplegado. La tinta oscura y los sellos de cera de las familias Valdez y Castellanos parecían frescos, a pesar de los años.
—¿Saben por qué están aquí? —preguntó el Guardián, sus ojos claros pasando de uno al otro.
—Por una obligación —dijo Mateo, la voz más seca de lo que pretendía.
—Por una oportunidad —rectificó Luna, sin mirarlo.
El anciano esbozó una sonrisa leve, como si hubiera escuchado esas respuestas mil veces. —Están aquí por el Contrato de Alianza. No es un simple papel. Es un juramento ancestral. Cuando los cimientos de una familia, su legado y su honor, están en peligro, esta es la argamasa que los reconstruye. Sus padres, Carlos y Roberto, unieron sus sangres en este libro para proteger lo que más importaba: el futuro de ustedes y la obra de sus vidas. Es un compromiso sagrado.
—¿Cuáles son los términos? —preguntó Luna, directa, su mirada clavada en el documento.
El Guardián posó un dedo sobre el texto. —Son claros y están sellados. Primero: el matrimonio debe celebrarse dentro de los próximos tres meses, con el ritual correspondiente en este lugar. Segundo: deberán compartir un hogar, una dirección legal y la dirección de la empresa ‘Aldería Innovadora’ por un período mínimo de cinco años. Son socios en todo. Tercero: está prohibido revelar los términos de este contrato o su naturaleza de alianza a cualquier persona ajena. La fuerza del pacto reside en su discreción.
Mateo frunció el ceño. —¿Y si… alguno de los dos decide no cumplir?
El anciano lo miró, y por primera vez, su expresión se tornó grave, impasible. —La ruptura unilateral del contrato conlleva la renuncia automática y perpetua a cualquier derecho, acción o parte sobre la empresa fundada por los padres. El incumplidor lo perdería todo, legal y moralmente, ante los ojos de Aldería. Su parte revertiría al otro firmante. Es la garantía.
Un silencio cargado se instaló en la sala. El crujido de una vela fue como un trueno.
—¿Por qué? —la pregunta de Mateo sonó abrupta, dirigida a Luna esta vez—. ¿Por qué hicieron esto? Mi padre nunca me habló de esto. ¿El tuyo sí?
Luna giró la cabeza para enfrentar su mirada cargada de desconfianza. Vio en sus ojos la sospecha latente: que ella, la hija del socio arruinado, era una cazafortunas. —Mi padre dejó de hablarme de muchas cosas antes de morir —dijo, midiendo cada palabra—. Solo sé que perdió todo. Y que necesito salvar la panadería de mi tía, que es lo único que nos queda. Y necesito descubrir por qué él dejó de mencionar esta empresa, a tu padre… y por qué murió creyendo que era un fracasado. Este contrato es la única pista que tengo.
—¿Así que solo es una investigación para ti? Un medio para un fin —preguntó Mateo, sin poder disimular un dejo de amargura.
—¿Acaso para ti es otra cosa? —replicó ella, levantando ligeramente la barbilla—. ¿No viniste aquí obligado por el testamento y la presión de tu tío?
Mateo no supo qué responder. Ella tenía razón, y eso lo irritó aún más.
El Guardián observó el intercambio en silencio, como un médico tomando el pulso a una enfermedad. —La semilla del entendimiento, cuando se planta en tierra de desconfianza, puede dar frutos amargos o fuertes —murmuró, más para sí mismo—. Los términos están dichos. La elección, ahora, es suya. Pero recuerden: una vez que salgan por esa puerta y acepten, no hay vuelta atrás sin perderlo todo.
Firmaron un acta de recepción de términos, no el contrato en sí todavía. Era un preludio. Cuando salieron al jardín soleado, la tensión entre ellos era palpable, un campo de fuerza que distorsionaba el aire cálido.
Y fue entonces cuando el portón se abrió con estruendo.
Javier Castellanos entró con paso decidido, seguido de una joven de cabello perfectamente liso y un vestido que costaba más que la panadería de Luna. Sofía. Su expresión, inicialmente dulce, se congeló al ver a Luna.
—¡Mateo! Qué casualidad encontrarte aquí —dijo Javier, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Solo vine a mostrarle a Sofía los jardines históricos. Un lugar tan… rústico, ¿no crees? Aunque veo que ya conoces a la señorita… —hizo una pausa deliberada—. Valdez, ¿cierto? De la panadería del Sur.
El desprecio en su voz era tan denso que se podía cortar. Sofía miró a Luna de arriba abajo, una sonrisa condescendiente en sus labios.
—Sí, tío. Luna Valdez —intervino Mateo, antes de que Luna pudiera abrir la boca. Su voz sonó firme, clara—. Y no es una casualidad. Ambos tenemos asuntos que atender aquí, relacionados con los deseos de nuestros padres.
Javier enrojeció ligeramente. —No me digas que vas a tomar en serio ese…
—Tomo en serio la voluntad de mi padre —cortó Mateo, mirándolo directamente—. Y respeto a quien fuera su socio y amigo, y a su familia.
Sofía parpadeó, como si le hubieran dado una bofetada invisible. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una mirada de incredulidad y furia herida. —Mateo, ¿qué estás diciendo? ¿Esta es…?
—Es exactamente de quien parece, Sofía —dijo Javier, fríamente—. Me parece que tenemos mucho que hablar en casa, sobrino.
—Sin duda —asintió Mateo. Luego, en un acto que sorprendió incluso a él, se volvió levemente hacia Luna—. ¿Necesitas que alguien te lleve a la parada del autobús?
Fue un gesto mínimo, pero cargado de significado. Una línea trazada públicamente. Luna, que había mantenido una compostura de hielo, sintió un vuelco extraño en el estómago.
—No. Ya conozco el camino —dijo, pero su voz había perdido un ápice de su filo.
Echó a andar por el sendero, sintiendo las tres miradas clavadas en su espalda: la furia de Javier, el odio confundido de Sofía y la desconcertada intensidad de Mateo.
Al cruzar el portón, supo que la guerra, silenciosa hasta ahora, acababa de declararse. Y Mateo, sin quererlo, había elegido un bando con una sola frase.







