DEUDAS Y AMBICIONES

El olor a pan fresco en La Espiga de Oro ya no era reconfortante; era el aroma de un naufragio lento. Luna revisaba por enésima vez el libro de cuentas, sus dedos tensos sobre las columnas de números rojos. La cifra final era un puñal.

—Tía Clara, esto… esto no cuadra. El préstamo para el horno nuevo lo habíamos casi pagado. ¿De dónde salen estos intereses? ¿Y este "cargo por servicios de gestión"?

Su tía, con los ojos enrojecidos, bajó la mirada hacia el paño que retorcía entre las manos. —Fue después de que tu padre… se fue, Luna. Un hombre, un gestor, se presentó. Dijo que don Carlos tenía compromisos pendientes con la empresa, que él estaba aquí para ayudar a "reestructurar". Firmé unos papeles… no los entendí del todo. Creí que era lo correcto.

Un frío peor que el del invierno del Distrito Sur se le instaló a Luna en el pecho. —¿Cómo se llamaba ese hombre?

—Márquez. Diego Márquez.

El nombre resonó en la trastienda como un disparo. El mismo de la carta de su padre. El socio traidor.

Sin decir una palabra, Luna salió corriendo. Tomó el primer autobús de vuelta al Valle. Rosa la vio llegar, jadeante, y sin mediar palabra la hizo pasar a su casita.

—Diego Márquez —soltó Luna, sin aliento—. ¿Qué sabes de él?

Rosa palideció. Cruzó los brazos sobre el delantal. —Ese nombre es una maldición aquí. Llegó después de la muerte de don Roberto, con sonrisas y promesas de capital. Carlos lo rechazó al principio, desconfiaba. Pero con Roberto muerto y Javier presionando desde dentro… al final, entró. Y en menos de un año, los números empezaron a no cerrar, los proyectos se retrasaban, y las deudas aparecían como hongos venenosos. —Bajó la voz a un susurro—. Las deudas de tu padre, niña, no eran por mala gestión. Eran… fabricadas. Yo vi correos, facturas duplicadas. Pero cuando quise hablar, me despidieron. Y a la semana, mi marido perdió su trabajo en la planta de empaque.

—¿Y Javier Castellanos? ¿Dónde estaba en todo esto?

—Don Javier… —Rosa hizo una mueca de desagrado—. Decía que Márquez era el salvador, el que traía "el mundo real" a los sueños de los hermanos. Se volvieron uña y mugre, pero una mugre sucia. Carlos intentó denunciarlo, pero para entonces ya no tenía voz en la junta. Lo aislaron. Lo enfermaron de rabia e impotencia. Y luego… lo arruinaron públicamente.

Luna sintió que el suelo se solidificaba bajo sus pies. No era una sospecha. Era un mapa del crimen.

Mientras tanto, en el piso veintiocho de la torre Castellanos, Mateo enfrentaba su propio muro de mentiras. Había pasado la noche entera rastreando el rastro digital de Diego Márquez. El hombre era un fantasma legal: su nombre figuraba como socio minoritario en "Aldería Innovadora", dueño de un holding de empresas fantasma con sede en la Costa Esmeralda, todas dedicadas a la importación de agroquímicos y a la gestión de deudas.

—¿Perdiendo el sueño por historia antigua? —La voz de Javier lo sobresaltó. Estaba en la puerta, con una taza de café en la mano.

—Diego Márquez. ¿Qué hizo exactamente por esta empresa después de la muerte de mi padre?

Javier entró, con aire de cansado maestro. —Lo que Carlos Valdez no pudo hacer: mantenerla a flote. Roberto era el visionario, yo el operador, y Carlos… bueno, Carlos se ahogó en sus ideales. Cuando Roberto murió, todo se vino abajo. Márquez invirtió capital fresco, reestructuró deudas, trajo contratos. Salvó los muebles.

—Tu dossier dice "gestión de activos y reestructuración de deudas" —señaló Mateo, señalando la pantalla—. ¿Incluía la deuda de la familia Valdez? ¿La de una panadería en el Distrito Sur?

El rostro de Javier se congeló por una fracción de segundo. Luego esbozó una sonrisa condescendiente. —Ah, ya veo. La chica te ha llenado la cabeza de cuentos de hadas tristes. Mira, Mateo, los negocios son duros. Carlos tomó decisiones erróneas, personales, que pusieron en riesgo a la empresa. Márquez simplemente… aseguró que los activos colaterales cubrieran el riesgo. Fue un procedimiento legal, frío, pero necesario. Diego es un hombre de negocios honesto. No un monstruo.

—¿Honesto? Sus otras empresas tienen tres investigaciones por dumping de químicos en el Valle.

—¡Investigaciones! —Javier soltó una risa breve y seca—. Eso es el costo de hacer negocios a gran escala. Tu padre y Carlos querían un mundo de jardines felices. Márquez y yo construimos un imperio. Tú eliges de qué lado quieres estar: el del recuerdo, o el del futuro. Y ese futuro, te lo recuerdo, se asegura con Sofía, no con una reclamante resentida.

Javier se fue, dejando el sabor amargo de su café y sus palabras en el aire. Mateo miró la pantalla. "Procedimiento legal, frío". Las palabras resonaban de forma siniestra. Quizás su tío tenía razón en una cosa: Luna Valdez sí era una reclamante. Pero ahora, Mateo empezaba a preguntarse si sus reclamos tenían fundamento.

En el patio del Instituto Técnico, Ana intentaba concentrarse en su libro de química de suelos. Nico se acercó, balanceándose incómodo sobre los pies.

—Eh, Ana… ¿cómo está… tu hermana? Después de todo ese lío en la Casa de las Tradiciones.

Ana alzó la vista lentamente, cerrando el libro. —¿Por qué lo preguntas, Nico? ¿Tu padre quiere un reporte?

Él retrocedió como si le hubiera escupido. —¡No! No, es que… escuché cosas. Y sé que mi familia no siempre… bueno, que no es fácil. Solo quería saber si está bien.

—No lo está —dijo Ana, secamente—. Y no va a estarlo mientras su apellido siga siendo Rivera-Castellanos y el mío Valdez. Así que hazle un favor a los dos y no finjas que esto es una amistad. Es un campo minado.

Antes de que Nico pudiera protestar, Camila, la mejor y más feroz amiga de Ana desde la infancia, apareció a su lado, cruzando los brazos. —Lo que mi amiga quiere decir, príncipe del café, es que ustedes ya han hecho suficiente daño. Dejen a su hermana en paz. Y a ella. ¿O es que ahora también quieren un informe de su estado de ánimo para el consejo de administración?

Nico abrió la boca, pero no salió ningún sonido. La vergüenza y la frustración le ardían en las mejillas. Dio media vuelta y se marchó, sintiendo con cada paso el peso aplastante de su apellido.

—No debiste —susurró Ana, pero Camila le puso una mano en el hombro.

—Sí debía. Ellos juegan sucio, Ana. Tú también tienes que proteger lo tuyo.

De vuelta en el Distrito Sur, el golpe final llegó con el correo de la tarde. Un sobre oficial, grueso y frío.

AVISO DE EJECUCIÓN HIPOTECARIA Y DESALOJO.

El local de la panadería, que también era su hogar, tenía una hipoteca secundaria de la que ni siquiera su tía estaba al tanto. Suscrita por Carlos Valdez como "garantía personal" ante "Inversiones Márquez & Asociados". El monto a pagar en treinta días era astronómico. La alternativa: la venta forzosa del inmueble a un precio irrisorio a un "comprador designado".

Luna leyó el papel una, dos, tres veces. El nombre del comprador designado era un holding fantasma. Sabía, con una certeza que le heló la sangre, que detrás estaba Diego Márquez. No solo había arruinado a su padre; ahora quería borrar hasta el último rastro de su existencia.

Su tía lloraba en silencio en la trastienda. El aroma a pan era ahora el olor de la derrota.

Luna se irguió. Secó una lágrima de rabia que no se atrevió a caer. Recogió su teléfono. No había más dudas, ni más caminos laterales. La partida estaba en marcha, y ella tenía una única jugada.

Marcó el número que la abogada Fernández le había dado.

—Señora Fernández —dijo, con una voz que no temblaba, que sonaba a acero frío—. Soy Luna Valdez. Dígale a Mateo Castellanos que acepto. Todos los términos. Y que necesito verlo. Ahora.

Colgó. Miró el aviso de desalojo. Ya no era solo una deuda. Era una declaración de guerra. Y ella acababa de movilizar a su único y necesario aliado.

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