EL VALLE DEL CAFÉ

El aire del Valle del Café era un bálsamo después del frío climatizado de la ciudad. Olía a tierra húmeda, a flores de café y a lluvia reciente. Pero la paz del paisaje se quebraba al llegar a la antigua finca experimental. El letrero de "Aldería Innovadora" estaba torcido y oxidado, y bajo él, una placa nueva y brillante rezaba: "Propiedad de Consorcio Agrícola del Valle, S.A." Una empresa pantalla, según la rápida investigación de Mateo durante el viaje, controlada por un holding del que Javier era director.

—Parece que no solo se quedaron con la empresa, sino con los sueños —murmuró Luna, mirando los campos de café que, aunque productivos, estaban monótonamente alineados, sin los cultivos diversos de sombra que su padre promovía.

La puerta principal de la antigua oficina técnica estaba sellada con un candado nuevo. Estaban a punto de darse por vencidos cuando una voz los sobresaltó.

—No sirve de nada forzarlo. La cerradura es de doble seguro.

Un hombre de mediana edad, con la piel curtida por el sol y las manos callosas, salió de detrás de un almacén cercano. Vestía overol limpio y sus ojos, de un gris inteligente, los examinó con curiosidad, no con hostilidad.

—Buscamos archivos antiguos —explicó Mateo, con cautela—. De cuando nuestros padres trabajaban aquí.

El hombre se acercó, una sonrisa nostálgica asomando a sus labios. —Los hijos de los señores. Carlos y Roberto. Me lo imaginé cuando los vi rondar. Soy Elías Rodríguez. Fui capataz aquí durante los buenos tiempos. —Sacó un llavero lleno de llaves viejas de un bolsillo—. La cerradura nueva es para el consorcio. Pero la vieja… la guardé por si algún día ustedes volvían.

Con un movimiento hábil, quitó una placa decorativa de madera junto al marco, revelando un pequeño hueco y una llave escondida. La puerta cedió con un gemido.

El interior era una cápsula del tiempo. Mapas de cultivos cubrían las paredes, muestras de suelo en frascos etiquetados, y en el centro, un gran escritorio de madera con dos sillas enfrentadas, como esperando a sus dueños.

—Gracias —dijo Luna, conmovida—. ¿Por qué guardó esto?

—Porque lo que hicieron sus padres aquí fue bueno, señorita. Honesto. —Elías entró tras ellos, encendiendo una lámpara de escritorio—. Los fondos que dicen que desaparecieron… no se los robó don Carlos. Él y don Roberto los reinvertían aquí. En salarios justos, en comedores para los trabajadores, en escuelas para los niños de la finca. En esa máquina de compostaje que nunca llegaron a instalar. —Señaló unos planos enrollados—. Cuando llegó el señor Márquez y don Javier empezó a venir más, todo cambió. Las reinversiones se pararon. Los proyectos "sociales" se llamaron "gastos innecesarios". El dinero que don Carlos seguía mandando, de su propio bolsillo, para mantenerlo todo a flote… empezó a evaporarse en los informes.

Mateo intercambió una mirada con Luna. Era la confirmación viva de lo que el libro de contabilidad sugería.

—¿Y usted? ¿Por qué se quedó? —preguntó Mateo.

—Alguien tenía que recordar —dijo Elías, sencillamente—. Y cuidar la llave. Por si acaso.

Mientras Elías les mostraba los archivos de personal y proyectos, Luna se agachó para abrir un cajón inferior atascado. Al forzarlo, una hoja de papel afilada como una navaja le hizo un corte limpio en la palma de la mano.

—¡Ah!

—¿Qué pasa? —Mateo se giró de inmediato.

—No es nada, un corte.

—Déjame ver. —Se acercó, tomándole la mano con una naturalidad que sorprendió a ambos. El corte no era profundo, pero sangraba. Mateo sacó un pañuelo limpio de su bolsillo—. Aquí. Presiona.

La luz de la lámpara los envolvía en un círculo íntimo. Él sujetaba su muñeca con suavidad pero firmeza, asegurándose de que el pañuelo hacía presión. Ella podía sentir el calor de sus dedos, el leve callo en su palma, la concentración absoluta en su rostro mientras inspeccionaba la herida. Su proximidad era repentinamente abrumadora. El aire en la polvorienta oficina pareció cargarse, pesado y eléctrico. Sus miradas se encontraron por un instante que se extendió más de lo debido. Algo pasó. Una chispa silenciosa, un reconocimiento de que ya no eran dos extraños unidos por un papel, sino dos cómplices tocados por la misma sombra.

—Ya está —dijo Mateo, rompiendo el contacto de forma un tanto brusca—. Deberíamos conseguir algo para desinfectar.

—Sí —asintió Luna, recuperando la mano, sintiendo el lugar donde sus dedos habían estado como marcado por fuego—. Gracias.

En el invernadero del Instituto Técnico, el proyecto de sostenibilidad tomaba un giro inesperado. Una nueva integrante se había unido al equipo: Carla Márquez. Era elegante, segura de sí misma, y llevaba una tablet cuyo costo equivalía al presupuesto semestral del proyecto.

—Mi padre dice que la innovación está en la eficiencia, no en el romanticismo —declaró, revisando los cálculos de Ana—. Pero su idea del ciclo cerrado… tiene mérito. Aunque los números de inversión inicial son poco realistas.

—¿Tu padre habla mucho de los viejos tiempos de Aldería Innovadora? —preguntó Nico, tratando de sonar casual.

Carla lo miró con una sonrisa enigmática. —Diego Márquez no mira atrás. Solo hacia adelante, hacia la siguiente oportunidad. Dice que los primeros años de la empresa fueron un… desorden bienintencionado. Que se necesitó mano firme para hacerla rentable. —Hizo una pausa—. Aunque a veces, cuando cree que no lo oigo, habla con alguien por teléfono de "limpiar los últimos rastros de los fundadores". Suena muy dramático, ¿no?

Ana y Nico intercambiaron una mirada cargada de significado. "Los últimos rastros". El fraseo era escalofriantemente preciso.

De regreso en la Ciudad de Oro, con los atardeceres del Valle aún frescos en su memoria y unos cuantos documentos cruciales escondidos en la mochila de Luna, la ilusión de progreso se desvaneció al instante.

Bajaron al sótano para guardar los nuevos documentos con el libro de contabilidad. La escena que encontraron les heló la sangre.

El escritorio de Luna había sido destrozado. La madera partida a golpes, el cajón arrancado y vaciado en el suelo. Las cajas de archivo cercanas estaban revueltas, su contenido esparcido como confeti fúnebre.

—No… —susurró Luna, corriendo hacia el lugar donde había escondido el libro verde bajo una falsa base.

Nada. El libro, junto con los otros documentos financieros antiguos que había separado, había desaparecido.

Mateo examinó la cerradura de la puerta del sótano. —No hay signos de fuerza. Usaron una llave. O tenían un código.

—Javier —dijo Luna, la voz temblando de rabia contenida—. Supo que estábamos investigando. O alguien le avisó.

—O ambos —añadió Mateo, su expresión sombría—. Pero se apresuró. Si robó todo, es porque tenemos algo que temer. Algo que no puede permitir que veamos.

—Pero lo vimos —replicó Luna, enderezándose. El miedo se transformaba en determinación feroz en sus ojos—. Lo leímos. Lo recordamos. Y tenemos a Elías. Tenemos los documentos que sacamos hoy. No nos ha dejado sin nada, Mateo. Solo nos ha confirmado que estamos en el camino correcto.

Mateo asintió, admirando una vez más su resiliencia. —Entonces cambiamos la estrategia. Ya no investigamos desde dentro. Investigamos desde las sombras. Y la próxima prueba que encontremos, no la guardamos en un cajón.

La miró, y en ese sótano violado, la chispa que habían sentido en el Valle se reavivó, transformándose en una llama de complicidad y propósito compartido. La guerra había escalado. Y ellos acababan de perder la primera batalla, pero no la convicción de ganar la guerra.

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