Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión Castellanos en la Ciudad de Oro no era una casa; era una fortaleza de cristal y acero con vistas a toda Aldería. Luna cruzó el umbral sintiendo que cada pulgada de mármol pulido y cada lámpara de diseño la juzgaban. Un mayordomo imperturbable la condujo a través de pasillos silenciosos hasta una puerta doble de madera tallada.
—El señor Mateo está en la biblioteca.
Era una habitación que hablaba de poder antiguo. Estantes de roble hasta el techo repletos de libros legales y tomos de agronomía. En el centro, sobre una mesa de planos iluminada por una lámpara verde, Mateo estaba inclinado sobre unos documentos grandes y desgastados. Eran los planos originales del Jardín de los Socios y de la primera planta de procesamiento de café, con anotaciones en los márgenes en la letra enérgica de Roberto Castellanos.
—No esperaba que vinieras en persona —dijo, sin levantar la vista.
—Los asuntos de guerra no se tratan por teléfono —respondió Luna, cerrando la puerta tras de sí. El sonido aisló el mundo exterior.
Mateo finalmente la miró. Vestía ropa sencilla, pero su postura era de una reina en territorio enemigo. —¿Guerra?
—Sí. Y tenemos el mismo enemigo. Dos, en realidad. Diego Márquez y tu tío Javier. —Avanzó hasta la mesa, posando las manos sobre los planos, cubriendo parcialmente el nombre de su padre escrito junto al de Roberto—. Te propongo un trato. Cumplimos el contrato. Nos casamos, vivimos donde haya que vivir, hacemos la pantomima. Pero tú me ayudas a pagar las deudas de la panadería y a descubrir hasta el último secreto de Márquez. A cambio, yo te ayudo a sacar a Javier del control de Aldería Innovadora. Sé de números, estudié economía en secreto. Entiendo sus libros mejor que cualquier contador que él haya sobornado.
Mateo la estudió. La determinación en sus ojos era absoluta, pero también vio la sombra de la desesperación. —¿Por qué crees que puedo confiar en ti? Podrías tomar el dinero y desaparecer.
—Por la misma razón por la que yo confío en que no me traicionarás a mí —dijo Luna, sin pestañear—. Porque si uno cae, el otro pierde todo. El contrato nos une en el fracaso, pero este acuerdo nos une en la victoria. Yo necesito salvar mi hogar. Tú necesitas recuperar tu legado. Es simbiótico.
Un esbozo de sonrisa, casi involuntario, tocó los labios de Mateo. Era fría, calculadora, brillante. —¿Simbiótico? Esa es una palabra que mi tío nunca usaría.
—Tu tío solo usa palabras como 'utilidad' y 'liquidez'. Se olvida de que las empresas las construyen personas. Como nuestros padres.
La mención los conectó en un instante de silencio compartido. Mateo señaló una silla. —Siéntate. Cuéntame.
Y hablaron. Bajo la luz tenue de la lámpara, la noche cayendo tras los ventanales, los muros de desconfianza comenzaron a agrietarse, ladrillo a ladrillo. Luna habló de la enfermedad lenta y extraña de su padre, un deterioro que los médicos achacaron al estrés, pero que ella siempre sospechó que fue envenenado por la impotencia.
—Murió cuando yo tenía dieciocho. Lo último que me dijo fue que desconfiara de los socios de ayer.
Mateo, por su parte, contó el vacío repentino. —Mi padre murió en un accidente de tráfico en la carretera a la Costa Esmeralda. Yo tenía quince. Un camión, la lluvia… siempre me pareció demasiado conveniente. Javier se hizo cargo de todo tan rápido… que no hubo tiempo de preguntas.
—¿Un camión? —preguntó Luna, inclinándose hacia adelante—. ¿De qué empresa?
Mateo la miró, fijándose. —Nunca lo supe. Los reportes policiales desaparecieron del archivo familiar.
—Nada es una coincidencia —murmuró ella, y fue como si un nuevo hilo, oscuro y sólido, se tensara entre ellos.
Fue en ese momento de íntima conspiración cuando la puerta de la biblioteca se abrió sin ceremonias.
Sofía Blanco entró como una brisa de perfume caro y certeza absoluta. —Mateo, cariño, tu mayordomo dijo que… —Su voz se cortó al ver a Luna. Su sonrisa perfecta se congeló, luego se transformó en una mueca de dulzura venenosa—. Oh. No sabía que tenías… visita del Distrito Sur.
—Sofía, no era el mejor momento —dijo Mateo, poniéndose de pie, su voz tensa.
—Parece que nunca lo es, desde que ella apareció —Sofía caminó hacia Luna, escudriñándola como a un insecto bajo un microscopio—. Debes sentirte muy afortunada, ¿no? Sentada aquí, en la casa de los Castellanos. Es un salto bastante grande desde una… panadería.
Luna se levantó con lentitud deliberada. No había ira en su rostro, solo una calma glacial. —No me siento afortunada, señorita Blanco. Me siento en una reunión de negocios. Algo que, estoy segura, usted comprende. Después de todo, su valor en esta casa parece medirse principalmente por los contactos de su padre.
Sofía dio un paso atrás, como si la hubieran abofeteado. —¿Cómo te atreves? ¡Tú no sabes nada de mí!
—Exactamente lo mismo que usted sabe de mí —replicó Luna—. Solo rumores y prejuicios. Yo no estoy aquí por capricho o ambición romántica. Estoy aquí por un acuerdo. Algo que, en estos círculos, supongo que debería entender mejor que nadie.
La réplica fue tan precisa y afilada que dejó a Sofía sin palabras, boqueando en busca de un contraataque que no llegó. Miró a Mateo, esperando una defensa que no vino. Él solo observaba, con una expresión nueva, de reevaluación.
—Creo que mejor te vas, Sofía —dijo él al fin, su voz suave pero firme—. Te llamo mañana.
La humillación hizo que los ojos de Sofía se llenaran de lágrimas de rabia. Dio media vuelta y salió, cerrando la puerta con un golpe seco que hizo vibrar los estantes.
El silencio que siguió era diferente. Cargado, pero no incómodo. Mateo fue a su escritorio, sacó un talonario y escribió con rapidez. Rasgó el cheque y se lo tendió a Luna.
—Es para las deudas más urgentes. No es un regalo. Es una inversión inicial en nuestra sociedad.
Luna tomó el cheque. La cifra era más generosa de lo que esperaba. Sintió un alivio abrumador y una humillación profunda, mezclados en un cóctel amargo. —Gracias. Esto… salvará a mi familia. Por ahora.
—No me des las gracias —dijo Mateo, sosteniendo su mirada—. Es el primer movimiento. Mañana, empezamos con los libros de la empresa. Necesito que me muestres qué encontraste.
Ella asintió, guardando el cheque en su bolso como si fuera un arma. —A las nueve. Y Mateo… —dudó un instante—. Lo de Sofía. No fue mi intención crear más problemas para ti.
—Los problemas ya estaban ahí —suspiró él, pasándose una mano por el cabello—. Solo los hiciste visibles. Y por una vez, fue… esclarecedor.
Se miraron un momento más, dos estrategas reconociendo el terreno después de la primera escaramuza. No había calidez, no había afecto. Pero había algo: un respeto frío, la chispa del reconocimiento entre iguales en un campo de batalla.
Era solo profesional. Por ahora.
Luna salió de la biblioteca, sintiendo el peso del cheque y el peso de la promesa. La guerra, por fin, tenía un general y un aliado. Y la batalla por Aldería Innovadora acababa de comenzar.







