Mundo ficciónIniciar sesiónLa torre de Aldería Innovadora se alzaba en la Ciudad de Oro como un monumento al éxito moderno. Vidrio espejado, líneas limpias. Pero para Luna, al cruzar el umbral del lobby helado, fue como entrar en el vientre de la bestia. Los empleados que pasaban con prisas, cargando tablets y tazas de café de diseño, la observaron de reojo. Los murmullos, bajos pero nítidos, la seguían como un zumbado de insectos.
"—…la del escándalo Valdez." "—¿La que se casará con el joven Castellanos? Qué desesperación…" "—Dicen que su padre les robó a todos…"
Mateo, caminando a su lado con una postura rígida, pareció tensarse aún más. —Ignóralos —murmuró, sin mirarla—. Son rumores que Javier ha alimentado por años.
—No los ignoro —respondió Luna, manteniendo la mirada al frente, la espalda recta—. Los registro. Es útil saber quién habla y quién solo observa.
Al llegar al piso ejecutivo, la atmósfera se volvió gélida. Javier los esperaba frente a la oficina de Mateo, con los brazos cruzados y una sonrisa que no pretendía ser amable.
—¡Ah, mi sobrino! Y la señorita Valdez. Qué… honor tenerla en nuestras instalaciones. He pensado mucho en cómo puede contribuir, dada su… experiencia familiar única.
—Luna tiene un título en economía y conoce los modelos de negocio originales —dijo Mateo, con firmeza—. Será de gran ayuda en el departamento financiero.
—¡El departamento financiero! —Javier soltó una risa breve—. Querido, esos equipos son de alta presión. Necesitan concentración, no… distracciones históricas. He encontrado un espacio mucho más adecuado. Tranquilo. Donde puede familiarizarse con nuestros archivos históricos. Un proyecto de clasificación muy necesario, de hecho.
Sin esperar respuesta, giró y los guió, no hacia los pisos superiores de cristal, sino hacia una puerta discreta que conducía a las escaleras de servicio. Bajaron al sótano. El aire cambió; olía a polvo, a papel viejo y a humedad contenida. El "espacio" era un rincón iluminado por un fluorescente parpadeante, con un escritorio de los años setenta y una torre de cajas de archivo apiladas hasta el techo.
—Aquí estarás cómoda, sin interrupciones —dijo Javier, satisfecho—. Cuando termines con estas cajas… hay más en el almacén B. Bienvenida a bordo.
Se fue, dejando el eco de sus pasos como una burla. Mateo hizo un gesto de rabia. —Esto es ridículo. Sube conmigo, yo…
—No —lo interrumpió Luna, colocando su bolso sobre el escritorio polvoriento. Sus ojos, lejos de estar humillados, brillaban con una luz fría y calculadora—. Es perfecto.
—¿Perfecto? Está enterrándote.
—No. Me está dando acceso directo, sin supervisión, a toda la papelería antigua. Los archivos que tu tío seguramente quiere perdidos u olvidados. —Pasó un dedo por el lomo de una carpeta marcada *"Contratos Fundación 1995-2000"*—. Aquí está la historia real, Mateo. No la de los informes pulidos de arriba.
Mateo la miró, y por primera vez desde que entraron al edificio, su expresión de frustración se suavizó hacia una de comprensión. —Tienes razón. Es una jugada estúpida por su parte. ¿Necesitas algo?
—Un café fuerte. Y acceso a la red interna de la empresa, aunque sea de invitado. Puedo conseguirlo si me das una clave de invitado genérica.
—Lo tendrás. —Asintió, impresionado una vez más por su pragmatismo—. Te traeré el café yo mismo. Que vean.
Mientras Luna iniciaba su minería de datos en la tumba del sótano, en el Instituto Técnico del Valle, Ana intentaba concentrarse en el guión de su presentación. El proyecto "Desarrollo Sostenible en la Caficultura" la apasionaba, pero su pareja asignada era un recordatorio constante de todo lo que odiaba: Nico Rivera.
—Tu propuesta de usar los desechos de pulpa para biocombustible es buena —dijo Nico, sin mirarla, hojeando sus notas—. Pero los números de conversión energética que pusiste son demasiado optimistas. Según este estudio…
—¿El estudio de la Fundación Castellanos? —cortó Ana, con sorna—. Claro, debe ser muy objetivo.
Nico alzó la vista, molesto. —No es de la fundación familiar. Es de la Universidad de Aldería. ¿O es que ahora cualquier dato que no venga del Distrito Sur es sospechoso?
Ana se mordió el labio. Él tenía razón, y eso la enfurecía más. —Muy bien. Muéstrame tus cálculos entonces.
Trabajaron en un silencio cargado, solo roto por el roce de los papeles y el tecleo en una laptop compartida. Pero a medida que la tarde avanzaba, algo cambió. Ana notó que las correcciones de Nico no eran para sabotear, sino para fortalecer el proyecto. Él vio la pasión genuina de Ana, cómo sus ojos brillaban al explicar el ciclo cerrado de desechos.
—¿Por qué te importa tanto esto? —preguntó Nico de pronto, dejando su lápiz—. Podrías elegir algo más fácil.
Ana lo miró, desafiante al principio. Pero su expresión se suavizó. —Porque es lo correcto. Y porque es lo que mi padre querría haber hecho. No extraer hasta agotar, sino renovar. Esa panadería que tu familia desprecia… usamos energía solar térmica para el horno. Un sistema que mi papá diseñó. Funciona.
Nico la observó, y por un momento, la máscara del "heredero incómodo" se desvaneció. Se vio a un chico genuinamente interesado. —Eso… suena increíble. Me gustaría verlo.
Ana se sorprendió. —¿En serio?
—Sí. Suena mucho más interesante que otro informe sobre márgenes de ganancia. —Sonrió, una sonrisa tímida y verdadera que le cambió por completo el rostro.
Ana no sonrió de vuelta, pero el hielo en su voz se quebró un poco. —Quizás. Terminemos esto primero.
En el sótano, horas después, Luna encontró el oro. Entre recibos de cafetera y actas de juntas rutinarias, emergió un libro de contabilidad manual, forrado en cuero verde. Las entradas, meticulosamente escritas, detallaban las aportaciones de capital de los fundadores. La columna de Carlos Valdez mostraba inversiones periódicas, sustanciales, que no figuraban en los balances oficiales que ella había visto antes. Y junto a algunas de esas entradas, una anotación en clave: "Trf. a Cta. DM - Proy. Esmeralda". Y luego, unas páginas después, esa misma cantidad aparecía marcada como "Pérdida por fluctuación de mercado".
Su corazón latió con fuerza. DM. Diego Márquez. El dinero de su padre no se había perdido; había sido desviado.
Al final del día, cuando los pasillos de arriba estaban ya silenciosos, Mateo bajó con dos tazas de café frío. Encontró a Luna bajo la luz del fluorescente, el libro verde abierto ante ella.
—Mira —dijo ella, sin preámbulos, señalando las entradas con un dedo firme—. Mi padre inyectaba capital extra constantemente, de sus propios ahorros, para cubrir "gaps operativos". Pero este dinero nunca llegó a la operación. Se transfería a una cuenta vinculada a Márquez, y luego se declaraba como pérdida. Era un robo lento, metódico.
Mateo tomó el libro, sus ojos escaneando las cifras, la letra de un contador que ya no trabajaba allí. —Nunca vi este libro. No está digitalizado. Javier debe haberlo dado por perdido cuando mandaron todo al sótano.
—Por eso quería que yo estuviera aquí —concluyó Luna—. Subestimó lo que podría encontrar. Esto es solo el primer libro, Mateo. Hay decenas de cajas. Esto prueba que mi padre no era un estafador. Era la víctima de uno.
Mateo alzó la vista del papel para mirarla. En sus ojos ya no había desconfianza, ni siquiera solo respeto profesional. Había un destello de furia compartida, de indignación ante la injusticia cometida contra ambos.
—Entonces lo encontramos —dijo, su voz baja pero cargada de determinación—. La primera prueba. No investigamos cuentas ocultas, Luna. Investigamos un desfalco. Y Javier está hasta el cuello.
Ella asintió, cerrando el libro con cuidado, como si fuera un artefacto explosivo. —Empezamos por rastrear esta cuenta "DM". Necesitamos un hacker bueno, discreto.
—Lo tengo —dijo Mateo, una sonrisa sombría en sus labios—. Un amigo de la universidad. Le encantan los desafíos imposibles.
Recogieron sus cosas, apagaron la luz y dejaron el sótano en tinieblas. Pero salieron cargados con un secreto que valía más que todo el oro de la torre. La partida había comenzado, y ellos acababan de anotar el primer punto.







