CAMINOS DIFERENTES

El autobús que bajaba al Valle del Café olía a tierra húmeda y café tostado. Luna, pegada a la ventana, veía cómo los edificios del Distrito Sur daban paso a laderas verdes salpicadas de arbustos ordenados. Pero su destino no era una plantación próspera.

Siguió las coordenadas de un mapa desgastado que encontró en la caja. El camino se hizo de terracería, luego de tierra suelta. Y allí estaba: un portón de hierro torcido, con las letras casi borradas: Finca Experimental “Aldería Innovadora”.

Más que una finca, era un fantasma. El edificio principal, de ladrillo visto y grandes ventanales ideados para la luz, estaba vandalizado. Grafitis cubrían las paredes donde alguna vez se proyectaron gráficos de cosechas. A través de un vidrio roto, Luna vio equipos de metal oxidado, mesas volcadas y papeles esparcidos por el suelo como hojas muertas.

—¿Busca a alguien, señorita?

Luna se giró. Una mujer de edad avanzada, con un delantal limpio y el cabello recogido en un moño gris, salía de una casita de vigilancia que parecía la única estructura cuidada del lugar.

—No… estoy mirando. Mi padre… Carlos Valdez trabajó aquí.

Los ojos de la mujer, pequeños y llenos de arrugas de expresión, se abrieron un instante. —¿La hijita de don Carlos? ¡Dios mío! ¡Luna! —Un destello de alegría genuina iluminó su rostro. —Eras una chiquitina que corría por esos pasillos. Soy Rosa. Yo era la encargada del laboratorio de muestras.

—¿Usted los conoció? ¿A mi padre y a… Roberto Castellanos?

—¿Conocerlos? —Rosa hizo un gesto con la mano, invitándola a sentarse en un banco bajo un árbol de magnolia que sobrevivía, majestuoso, en medio del abandono—. Esos dos eran uña y mugre. Don Carlos, el cerebro para las plantas, don Roberto, el genio para las máquinas. Se pasaban horas aquí, en el Jardín de los Socios que crearon atrás, discutiendo y riendo. No eran socios, señorita. Eran hermanos. Más que la sangre, los unía… una idea.

—¿Una idea?

—De hacer las cosas bien. Un café que no arruinara la tierra. Tecnología que ayudara al que trabaja, no solo al que firma el cheque. —Rosa miró hacia el edificio ruinoso, y su voz se quebró—. Luego… todo se torció. La muerte de don Roberto… y la partida de don Carlos. Esto se vendió a un consorcio. Solo vienen a sacar lo que queda.

Luna sintió un nudo en la garganta. No era solo rabia ahora; era una pena profunda, por un legado que pudo ser.

—¿Sabe quién los traicionó, Rosa? ¿Quién los arruinó?

La anciana la miró, y por primera vez, algo parecido al miedo nubló sus ojos. —Eso, niña, son aguas demasiado oscuras para que yo me meta. Solo sé que cuando llegó ese nuevo socio, el señor Márquez, el aire aquí se envenenó. Y el hermano de don Roberto, Javier… empezó a venir más seguido. Con gente distinta. —Se levantó, brusco—. Mejor que se vaya. Este lugar ya no es para los sueños. Es para los buitres.

En la torre de cristal de “Aldería Innovadora” en la Ciudad de Oro, el aire olía a ambientador caro y ambición pura. Mateo recorría los pasillos silenciosos de la planta ejecutiva. En las paredes, las fotos de los fundadores —su padre y Carlos— parecían piezas de museo, decoración obsoleta.

—¡Mateo, justo te buscaba! —La voz de su tío Javier lo alcanzó en la puerta de su propia oficina—. He hablado con el padre de Sofía. Está encantado con la idea de una unión más… concreta entre nuestras familias. Imagina: los Castellanos y los Rivera uniendo fuerzas. Eso sí es un contrato con futuro.

Mateo entró a la oficina sin responder. Había pedido los archivos de los proyectos fundacionales. Estaban sobre su escritorio, pulcros y polvorientos.

—Los tiempos del café artesanal y los riegos inteligentes pasaron, sobrino —insistió Javier, siguiéndolo—. Ahora es todo agroquímicos a gran escala y exportación masiva. Lo que tu padre llamaba ‘sostenibilidad’ era solo romanticismo costoso.

Mateo abrió una carpeta. “Proyecto Sol Verde: Sistema de riego por goteo con energía solar para pequeños productores”. Una nota al margen, en la letra de su padre, decía: “Prioridad. El futuro está aquí.” Al lado, un sello rojo de “ARCHIVADO” y una firma: J. Castellanos.

—¿Por qué se archivó esto? —preguntó, alzando la carpeta.

Javier hizo un gesto de impaciencia. —Porque no daba retorno de inversión a corto plazo. Porque don Diego Márquez, nuestro socio clave en la Costa Esmeralda, tiene conexiones para vender fertilizantes patentados, no sueños de energía solar.

—Esta era la esencia de la empresa —dijo Mateo, y su voz sonó extrañamente firme en sus propios oídos.

—La esencia cambia, Mateo. O se muere. Y tú tienes una decisión que tomar: aferrarte a un contrato de papel viejo con la hija de un hombre arruinado, o tomar la mano de Sofía y asegurar el verdadero poder de esta familia. Su padre controla las licencias de exportación. Sin él, ni siquiera ese treinta por ciento que tanto proteges valdrá nada.

Javier salió, dejando la amenaza flotando en el aire perfumado. Mateo miró por la ventana. El Valle del Café era una mancha verde en la distancia. Sintió el peso de la caja de madera, de la fotografía, de la promesa de un hombre a quien apenas recordaba.

En el Instituto Técnico Agroindustrial del Valle, el aire olvidaba el café y olía a hormigón nuevo y desinfectante. Ana Valdez se ajustó la mochila, sintiéndose como un cactus en un invernadero de orquídeas. Los demás estudiantes, con sus chalecos de marca y sus tablets de última generación, hablaban de viajes y negocios familiares.

—…y luego mi padre dice que si no suben las acciones este trimestre, tendrá que recortar personal en la Costa —decía un chico alto.

—Aburrido, Nico. Habla de algo interesante —lo interrumpió una chica.

Nico. Ana reconoció el apellido. Castellanos. Primo del hombre al que, según la carta, su hermana estaba ligada por un papel antiguo. Él no parecía un tiburón. Parecía incómodo, con audífonos asomando bajo su cabello y una libreta de partituras, no de negocios, asomando en su bolsillo.

El profesor anunció grupos de trabajo. Por algún designio del azar o de la burocracia, su nombre y el de Nico Rivera quedaron emparejados para el proyecto de sistemas de compostaje.

Él se acercó, tímido. —Eh… hola. Ana, ¿cierto? Yo soy Nico.

—Lo sé —dijo ella, sin sonreír—. Rivera. Castellanos.

Nico pareció encogerse un poco. —Sí, pero… solo Rivera está bien. El proyecto, ¿empezamos?

Ana asintió, desconfiada. Pero cuando empezaron a discutir los niveles de pH y la materia orgánica, notó que sus ojos se iluminaban. Él no era un niño rico mimado; sabía, y le importaba.

—Tu idea de usar los desechos de la pulpa del café es brillante —dijo Nico, genuinamente impresionado—. Es justo el tipo de cosas de las que mi… de las que hablaba mi tío Roberto.

Ana lo miró fijamente. —¿Lo conociste?

—No mucho. Murió cuando era chico. Pero en casa, su nombre es como… una palabra sucia. —Se dio cuenta de lo que dijo y palideció—. Lo siento, no quise…

—No importa —cortó Ana, pero algo en su dureza se agrietó. Eran dos extraños, navegando el naufragio que sus familias habían causado.

La tarde caía sobre el Valle, tiñendo las montañas de naranja. En el pueblo, Luna salía de una polvorienta tienda de antigüedades y libros viejos, “El Rincón del Tiempo”. En sus manos llevaba un catálogo corporativo de 1998 de “Aldería Innovadora”, una reliquia inútil que el dueño le regaló. Necesitaba más. Necesitaba pruebas.

La campanilla de la tienda sonó de nuevo. Alguien más salía.

Cuando alzó la vista, chocó con él.

Él venía en dirección contraria, vestido con un sencillo pantalón de lino y una camisa clara que gritaba “Ciudad de Oro”, a pesar de su intento de discreción. Sus ojos, los mismos de la fotografía, se encontraron con los de ella. Mateo Castellanos.

Se detuvieron a medio paso de distancia, en la acera empedrada. Él también traía un papel en la mano: una factura antigua de suministros de la finca, que acababa de comprar dentro.

El silencio fue total, cargado de un reconocimiento incómodo y brutal. No eran extraños. Eran los protagonistas de un drama que otros escribieron.

Luna lo escudriñó: la mandíbula tensa, la sombra de duda en esos ojos hereditarios. Él, a su vez, vio la determinación férrea en la mirada de ella, la austeridad de su ropa, la inteligencia alerta que no pedía permiso.

Ninguno sonrió. Ninguno asintió. Fue solo un cruce, un instante suspendido en el crepúsculo del Valle.

Ella apretó su catálogo y siguió caminando, sin mirar atrás. Él exhaló un aire que no sabía que contenía y giró en la dirección opuesta.

Dos caminos diferentes, que acababan de cruzarse por primera vez. Y en ese cruce silencioso, sin una palabra, el contrato dejó de ser un papel. Se volvió una persona.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP