De vuelta en el apartamento de la ciudad, el pendiente de plata reposaba sobre la mesa de centro como un artefacto explosivo. Luna no podía apartar la mirada de él. Cada destello de la luz sobre el zafiro le recordaba la sonrisa triste de su madre en las fotos, la fragilidad de sus manos, el olor a medicinas y melancolía que impregnaba sus últimos años.
—No tiene sentido —musitó, por enésima vez—. Ella nunca salía. Estaba demasiado enferma. ¿Qué haría en la finca? ¿Y por qué… por qué dejaría es