El pasillo de la unidad de cuidados intensivos olía a desinfectante y a miedo estancado. El zumbido bajo de los monitores era una banda sonora de ansiedad. Luna, sentada en una incómoda silla de plástico, no podía apartar la vista de la puerta cerrada tras la cual Diego Jr. luchaba por su vida. Tenía las manos manchadas de su sangre seca, una mancha marrón y acusatoria que no lograba quitarse por completo.
—No debí dejarlo venir —murmuró, por enésima vez, sus ojos rojos de lágrimas y falta de s