Su padre se detuvo en el marco de la puerta antes de salir, mirándola como si ya no fuera su hija sino una pieza más dentro de un juego que por fin empezaba a acomodarse a su favor.
—Por ahora te quedarás aquí —dijo con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito.
Se acercó a la cama, le arrebató el celular de las manos sin brusquedad, casi con delicadeza, como si estuviera corrigiendo a una niña caprichosa.
Ella no luchó por evitarlo.
—Yo hablaré con tu amorcito.
La palabra son