La mañana del Baile de Invierno llegó con un frío que calaba los huesos, pero nada comparado con el gélido silencio que había reinado en la mansión los últimos dos días. Alistair y yo no nos habíamos cruzado ni una sola vez; él se había refugiado en el cuartel y yo en mis aposentos, lidiando con el rastro amarillento y violáceo que los dedos de Vane habían dejado en mis muñecas.
Estaba frente al espejo de mi tocador, terminando de arreglar mi cabello, cuando la puerta se abrió sin previo aviso.