El trayecto de vuelta a la mansión fue un preludio del desastre. Alistair no dijo una sola palabra, pero el aire dentro del carruaje vibraba con su furia. En cuanto cruzamos el umbral de la casa, despidió a los sirvientes con un gesto violento y me arrastró prácticamente hacia su despacho.
—¡Entra! —rugió, cerrando la puerta con un estruendo que sacudió los retratos de las paredes.
Se dio la vuelta y empezó a caminar de un lado a otro como un animal enjaulado. Se pasaba las manos por el cabello